miércoles, 1 de octubre de 2014

En homenaje al primer cumpleaños del Santuario de delfines y ballenas Uruguayo y de todo el planeta Tierra, comparto este cuento llamado "El Santuario", dedicado en particular a los adolescentes, la próxima generación que deberá asumir la responsabilidad de cuidar y sanar a Gaia.


"El Santuario"

¡Si hay algo que me recalienta es que mis viejos decidan por mí! Y nada menos que mis vacaciones de invierno. “Pipe va a estar encantado de pasar un tiempo con su abuelito”, le escuché decir a mamá por teléfono ¡Podría haberme preguntado antes! Yo no quiero ir a lo del abuelo, yo quiero ir a esquiar a Bariloche. ¡Todos mis amigos van a la montaña! Hace un mes que no hablan de otra cosa en Facebook. Y además yo quería conocerlos personalmente.
¿Dos semanas pasando frío en La Paloma, en el rancho destartalado de ese viejo hippie? ¡Ni lo piensen! Con solo acordarme de las porquerías que cocina me dan ganas de vomitar. ¿Y la humedad? Ya me estoy atacando de asma con solo imaginarlo. Me acuerdo que la última vez que fui, hace unos años,  me agarre flor de gripe y pasé toda la semana en cama, ¡y sin tele ni internet! ¿Qué hacía todo el día que no me acuerdo? ¡Ah sí!, dibujaba con esos lápices de colores que me regaló, y leía libros de cuentos, sí, y me acuerdo que el abuelo inventaba unos cuentos que estaban buenísimos. ¡Ta! Pero eso fue cuando era chico. Ahora ya lo tengo decidido, ¡no voy a ir y ya está! Si no les gusta, peor para ellos, yo me escapo y listo, que me busquen con un GPS. Al fin y al cabo ya tengo trece para catorce, ya no soy un niño y puedo hacer lo que se me dé la gana. Además con la plata que tengo ahorrada de mi cumpleaños me compro el pasaje y me rajo, les guste o no les guste, ¡que se manejen!
Pipe abrió su Facebook y escribió: “preparando viaje a Bariloche”. A los pocos minutos ya tenía veinte “me gusta” y dos comentarios.

Hacía rato que Pipe ya estaba ocupando su asiento cuando el altoparlante en la terminal Tres Cruces de Montevideo, anunció: “Último llamado a los pasajeros del segundo coche de Rutas del Sol con destino a la Paloma, abordar por plataforma número cuatro”. Aunque estaba del lado de la ventana, Pipe solo miraba la pantalla de su teléfono inteligente mientras sus padres que estaban parados en el andén lo saludaban con las manos.
Ni se piensen que los voy a saludar y vayan sabiendo que le voy a hacer la vida imposible al abuelo y además apenas pueda me escapo. Sí, me voy a Bariloche —Pensaba mientras navegaba por sitios de compra de pasaje aéreos y reservas de hospedaje —¿Número de tarjeta de crédito o cuenta de Pay Pal? ¡Já! Tengo mi cuenta de Pay Pal y por las dudadas el número de la VISA de papá; ¡no hay problema! Muy bien, aquí hay un hotel en el centro. ¡Pah, está salado de caro!  Y aquí dice que el miércoles sale un vuelo de Buenos Aires a Bariloche. ¿Y cómo voy de Aeroparque a la terminal de buses? ¿A cuánto queda? No importa, me tomo un taxi. ¿Y si me pasea por todo Buenos Aires? ¿Y si me roban o me raptan? ¿No será mejor ir en una excursión? No, ahí me van a hacer muchas preguntas. No tengo que tener miedo, ya tengo edad suficiente para manejarme solo.
                       
—¡Pipe! Nietito querido, que alegría que hayas venido. Tenía tantas ganas de verte —le recibió el abuelo dándole una abrazo.
—Hola abuelo —le contesto Pipe, seco, sin demostrar emoción alguna.
—¿Cómo estuvo el viaje?
—Apestó.
—Bueno, lo importante es que ya estás aquí conmigo ¡vas a ver cómo nos vamos a divertir!
—Sí, salado… —contestó Pipe con un tono cargado de ironía y acidez.
            Cargaron la valija en la camioneta Ford modelo F100 destartalada del año ochenta, y arrancaron rumbo al rancho del abuelo que quedaba a un par de kilómetros de la terminal. En el camino el abuelo le contaba entusiasmado todos los programas que tenía planeado hacer con él durante la semana, mientras Pipe intentaba prender su iphone.
—¿Tenés un adaptador USB para cargar mi iphone, abuelo?
—¿Qué si tengo que cosa para cargar qué?
—Nada abuelo…
—Lo que sí tengo en el rancho es un reel Penn para ti, para que vayamos a pescar juntos a la playa. ¿Sabes que estamos en época de ballenas? El otro día andaba una madre con un ballenato, ahí bien cerquita de la orilla, en la Aguada.
—Sí como no… ¿Cuántas pescaste? —dijo en voz baja Pipe.
—¿Qué dices querido? —le preguntó el abuelo que no había podido escuchar debido al ruido de las chapas sueltas y del motor.
—Nada —contestó en un tono seco.
—Sabes que me parece que le embocaste justo al veranillo de San Juan. Tuvimos unas semanas de mucho frío pero dieron buen tiempo para mañana y toda la semana —intentó animar el abuelo que ya había percibido la resistencia y el mal humor de su nieto.

            El domingo amaneció con el cielo despejado y aunque hacía frío de mañana temprano, la temperatura subió hasta veinticinco grados cerca del mediodía. Pipe durmió hasta las once y no más porque lo despertaron los golpes de martillo que venían desde el jardín. Resignado a tener que encarar el día, sin entusiasmo se levantó y fue hasta la cocina en busca de algo para desayunar.
El rancho del abuelo tenía dos dormitorios y un ambiente amplio que hacía de cocina, comedor y estar. Una cocina económica antigua de hierro negro estaba prendida y mantenía el lugar en una temperatura agradable. También había una estufa a leña, que ahora estaba apagada, y un sillón de cuero frente a un amplio ventanal que brindaba una espectacular vista al mar y daba a una terraza de madera elevada sobre la arena. Las paredes eran de barro y el techo de quincho y al fondo el jardín se perdía en un monte de acacias mezclado con pinos y eucaliptus.
            Sobre la mesa había una jarra de leche, galletas de campaña, manteca y miel. Pipe tomó su iphone, que había puesto a cargar la noche anterior y se sentó a desayunar. Mientras con una mano comía un pan con manteca y miel, con la otra manipulaba casi sin mirar su preciado aparato. De pronto su rostro se puso pálido.
—¡No tengo señal! —exclamó mientras se paraba y recorría la casa apuntando el dispositivo hacia todos lados.
—¡No tengo cobertura!  ¡No tengo internet! ¡Me mato!
—¡Abuelo! ¡Abuelo! —salió gritando hacia al fondo, donde el abuelo estaba reparando una chalana de madera.
—Buen día Pipe ¿descansaste? Te has perdido casi toda la mañana muchacho. No sabes qué lindo el amanecer. Estuve a punto de despertarte pero te vi tan dormido que me dio pena. El sol salió clarito y despejado, por allá ¿ves?
—¡Abuelo no tengo señal de internet!
—Ah sí, aquí no tenemos de eso.
—¡¿Cómo que no hay internet?! ¡No puede ser, en todos lados hay internet! ¿WiFi?  ¿Dónde puedo engancharme a una WiFi?
—Que yo sepa acá no hay nada de eso mi amor, tampoco televisión, pero sí tenemos este bosque aquí atrás que es una maravilla ¿me acompañas a buscar leña?
—¡Yo me voy! ¡Esto es imbancable! —le dio la espalda y se fue caminando rápido y furioso hasta el portón de entrada, tomó la calle que no era más que una huella de arena y desapareció.
            Pipe caminó sin rumbo y fue a dar a la playa que estaba a unos pocos metros. Mirando para abajo y refunfuniando solo, siguió la orilla descargando su bronca pateando cuanta cosa encontró en su camino. Tan ensimismado andaba que una ola lo sorprendió y lo mojó hasta la rodilla.
—¡No! ¡Mis championes Nike! ¡Lo único que me faltaba! —protestó mientras corría fuera del agua y se descalzaba para salvar sus adorados zapatos deportivos
—¡Me quiero ir a casa! ¡Este lugar apesta!
—Hola —dijo una voz dulce como el canto de una sirena. Pipe giró sorprendido.
Parada frente a él había una niña de grandes ojos celestes y cabellos rubios desordenados. Vestía un short lila con pequeñas flores amarillas y una remera sin mangas color rosa. Estaba descalza y tenía una tobillera tejida con los colores rastafaris, verde, amarillo y rojo.
—Hola —contestó Pipe casi enmudecido ante tanta belleza.
—Me llamo Lúa, que quiere decir luna ¿y tú cómo te llamas?
—Felipe, pero me dicen Pipe.
—¿De dónde eres Pipe?
—De Montevideo. Me estoy quedando en lo de mi abuelo. Allá en aquel rancho ¿ves? El que tiene tipo un deck al frente.
—Ah sí, Ramón, lo conozco. Todos nos conocemos aquí y de chica Ramón me cuidaba cuando mis padres salían a trabajar. Yo lo quiero mucho, es como un abuelo postizo para mí. Dos por tres voy a pescar con él en su chalana. Yo vivo en aquel otro rancho más hacia las rocas.
¡Que linda que es! Y yo aquí con mis Nikes todos mojados, va a pensar que soy un tarado. Tendría que haber traído mi iphone para que lo viera. —pensaba Pipe mientras la mirada embelesado sin escuchar una palabra de lo que decía.
—Y tengo un hermano mellizo, se llama Ián, y está allá, lo ves, está surfando. Él surfa todos los días, llueve o truene, en verano y en invierno; yo no tanto, pero hoy está bien lindo, ¿surfas? ¿quieres venir?
¡Decime que querés ser mi novia! Sos tan linda, hablás con un acento tan lindo y tenés una voz tan dulce…
            Pipe no entendió nada de lo que dijo Lúa, él sólo escuchaba su música y se quedó contemplándola con cara de bobo sin saber que decir. Lúa percibió el efecto que causó en su nuevo amigo, y se puso colorada. El siguiente segundo duró casi para siempre. Fue ese instante en que te das cuenta que ella gusta de ti y sabés que ella sabe que gustás de ella. Pipe también se puso colorado.
            El encantamiento lo rompió la irrupción de Ián en la escena —¡Lúa! ¡Lúa! ¡Mira allá, están las ballenas! —y señalo entusiasmado en dirección al mar —¿las ves allá? Mira el chorro de agua, ahí están… un poco más a la derecha ¡ahí se ve una cola! Son por lo menos cinco y van en dirección al puerto.
—¡Sí ahí las veo!, ¡que hermosas! —exclamó fascinada Lúa.
—Estaba por tomar una ola cuando sentí un resoplido atrás mío, muy cerca, y cuando me di vuelta me encontré con un ballenato que me miraba con su ojito, a tan solo unos cinco o seis metros. ¡Me quedé helado! Nos quedamos ahí mirándonos un rato hasta que vi a la madre que se acercaba.
—¡Ay Ián eso es muy peligroso!
—Sí, me acuerdo bien las recomendaciones que nos dieron los chicos de la OCC. Pero yo no fui a molestarlas, fueron ellas las que se acercaron a mí.
—El que se te acercó fue el ballenato, la madre debe de haber ido a protegerlo cuando se avivó de que estaba acercándose a un humano.
—Eso mismo pensé. Así que muy despacito me fui alejando, tratando de no asustarlas. ¡Estuve tan cerca que pude escuchar su canto!
—¡Qué alucinante!
—¿Qué es la OCC? —preguntó Pipe.
—Es la organización para la conservación de cetáceos —contestaron los mellizos a la misma vez.
—¿Y éste quién es? —preguntó Ián, sorprendido de que no lo supiera.
—Se llama Pipe, y es mi amigo.
            Pipe los escuchaba escéptico ya que no veía ninguna ballena. Sus ojos no veían lo que su mente no aceptaba como posible. Además ese personaje de rastas rubias, ojos claros como los de Lúa y cuerpo musculoso, le había estropeado el momento mágico.
¡Estos me están descansando! Mirá si van a haber ballenas…
—¿Las ves Pipe? —le preguntó Lúa entusiasmada.
—Yo no veo nada…
—¡Ahí Pipe! —señaló Lúa, y se paró detrás de Pipe, lo abrazó y levantó su brazo en dirección a las ballenas. A Pipe se le aflojaron las piernas y se le cortó el aire, y no fue a causa de las ballenas…
—¡Miren! Aquella lancha va derecho a donde están ellas —indicó Ián.
—¡Eso no está bien! Tenemos que avisar a la prefectura —exclamó Lúa.
—¿Y se puede saber por qué les va a interesar a los de la prefectura que alguien esté molestando a un par de pescados? —preguntó Pipe con cierta ironía.
Los mellizos lo miraron sin poder creer lo que estaban escuchando.
—Mira Pipe… para empezar no son pescados, son cetáceos, son mamíferos igual que nosotros, pero marinos, y además existen leyes que los protegen. ¿Acaso no te enteraste que desde Agosto del 2013 esta zona forma parte del santuario marino?
—Ah… —le contestó Pipe avergonzado de su ignorancia —no estaba para nada enterado.
—¡No te creo! Aquí seguimos de festejos. Yo pensé que todo el mundo lo sabía, por lo menos los uruguayos. ¿En tu escuela no hacían trabajos para la protección del medio ambiente? En la nuestra hicimos de todo, pancartas, carteles, peticiones, marchas y hasta fuimos a una manifestación hasta el Palacio Legislativo, con la maestra —le explicó Ián un tanto molesto— En serio Lúa, ¿de dónde lo sacaste a este personaje?
—Lo encontré tirado en la playa —bromeó la niña.
—¡Vos siempre recogiendo cualquier cosa! —le contestó su hermano, muerto de la risa.
—Bueno ta, no es para tanto… no es tan importante, no es que tenga algo que ver con nosotros tampoco… —se defendió Pipe.
—Estas muy equivocado Pipe —interrumpió Lúa —Tiene que ver con todos, tiene que ver con la vida en el planeta. Todos somos responsables de cuidar el santuario de ballenas y delfines, es muy importante no solo para cuidar de esos seres tan especiales sino para cuidar de todo el mar, de las costas y de toda la naturaleza. Date cuenta que nosotros somos parte de ese ecosistema y cuidarlo es cuidarnos.
¡Pah! Estos dos están relocos y parece que hablan en serio… —pensó Pipe mientras los escuchaba hablar con tanta pasión— Pero si Lúa me pide que me tire al mar y que le traiga una ballena… yo se la traigo…
—¿Y qué podemos hacer nosotros? —preguntó Pipe
—Tenemos que avisar a los guardacostas ya mismo, no perdamos más tiempo, esa lancha puede lastimarlas. ¡Vamos hasta la prefectura! —dijo Ián— ¿Tienes bici?
—Sí, el abuelo tiene una. Allá en aquel rancho —le contestó señalando en dirección de la casa.
—¡Ah, en lo de Ramón! Bueno vamos.
            Ián se calzó la tabla de surf debajo del brazo y salió corriendo. Lúa tomó de la mano a Pipe y él la siguió encantado, dejándose llevar sin importarle si eso incluyera saltar a un barranco de cien metros de profundidad.

            Después de quince minutos de pedaleada llegando al puerto y se encontraron con tres amigos de “la banda”: Charlie, Nehuén y Flopi. Todos compañeros de liceo, aunque de diferentes grados. Charlie de catorce años era el mayor, llevaba el pelo largo atado en una cola de caballo, flaco y de mirada profunda con finas manos de largos dedos que rascaban la guitarra como un maestro. Flopi, su hermana, era la menor del grupo y la más inteligente, era la científica, una excelente estudiante muy respetada por todos por sus acertadas opiniones, además de ser una virtuosa tocando la flauta traversa. A Nehuén lo apodaban el gordo, porque fue gordo hasta los doce, pero apenas entró en la pubertad se estiró como un chicle y se llenó de granos. Él siempre estaba de buen humor y tenía algo gracioso que acotar a toda situación; los tambores eran su pasión.
—¿Ustedes también la vieron? —les preguntó Flopi apenas llegaron— justo estábamos por entrar a hacer la denuncia.
—Hola Flopita —la saludó Lúa—¿Alguna idea de quiénes son? Yo no reconozco la lancha. Me parece que no son locales. Ah, él es Pipe, es de Montevideo.
—¿Todo bien Pipe? Yo soy Charlie, él es Nehuén el gordo y ella es Flopi la cerebrito.
—¡Tá loco! A ver si la cortas con lo de gordo.
—¡Ya! Déjense de bobadas. Vamos a encarar, que las ballenas están en peligro —reclamó Ián.
            Los seis ingresaron a la recepción de la oficina de la prefectura y se presentaron al oficial de guardia. Fue Flopi la que se adelantó y tomó la voz cantante.
—Buen día, ¿cómo puedo ayudarlos chicos? —los saludó el oficial.
—Venimos a denunciar que una lancha está molestando a las ballenas que están allá frente a Costa Azul.
—Muy bien, tomo nota y asigno a un efectivo para que vaya a patrullar inmediatamente. ¡Cabo!
—¡Sí señor!
—¡Envíe una unidad a patrullar la zona de Costa Azul!
—¡Señor, sí señor!
—Gracias por su colaboración chicos, es muy importante que todos sigan su ejemplo y tomen conciencia de que es tarea de todos salvaguardar la soberanía y defender la integridad en el mar territorial nacional y zona marítimo-terrestre.
—¿Qué dice? —le preguntó Charlie a Nehuén en voz baja.
—Cállate tarado —no entendí un pomo, pero parece que mandan una patrulla a bombardear al barco.
—¡Salado!

            La banda se retiró satisfecha de la prefectura y se apuraron a volver a la playa para ver las maniobras de guerra de la marina. Para gran desilusión de todos, resultó que en el operativo solo participó un gomón con dos marineros y no hubo disparos ni cañonazos.
—Bueno, al menos vimos que se los llevaron al puerto y seguro que van a quedar detenidos —dijo satisfecho Ián.
—Ojalá les den veinte años de cárcel —agregó Charlie.
—¡Soñá! Sólo les ponen una multa y le pegan un buen rezongo —explicó Flopi —estaría bueno que los obligaran a educarse en temas de conservación del medio ambiente y protección de la fauna marina.
            Pipe solo participó como observador de todo el proceso. No podía entender que sus congéneres se ocuparan de semejantes temas.
—¿Entonces lo de que ahí había una ballena era cierto?— le salió decir justo cuando se había producido un silencio. Todos lo miraron con ojos incrédulos.
—Lúa, ¿de dónde sacaste a este esquimal?— le preguntó Nehúen.
—Lo encontró tirado en la playa y lo recogió pensando que era un marciano —intervino Ián, provocando la risa de todos, incluida la de Pipe.
—¿Sale un picadito chicos? —propuso Charlie.
—¡Sale! —contestaron todos.
 —Voy a buscar la pelota a casa —dijo Ián.

            La puesta de sol los encontró a todos alrededor de una fogata en la playa de Los Botes. La música improvisada con guitarra, traversa y tambores sonaba bien. Grandes y chicos compartían la música y una corvina se asaba a las brasas, sobre una parrilla improvisada por los pescadores. Pipe estaba integrado al grupo. Sólo tenía ojos para Lúa, se sentía feliz y en un solo día había sido desconectado de la red.
Por la orilla pasó caminando el abuelo con su calderín y un farol para pescar a la encandilada. Miró en dirección del heterogéneo grupo, vio a Pipe, sonrió y reflexionó: Se necesitaba tan poco…

            El veranillo de San Juan se mantuvo firme y el sol asomó en un cielo claro y despejado, y aunque hacía frío a esa hora temprana, todo apuntaba a que tendrían otro día de calor.
—¡¿Te has caído de la cama Pipe?! —bromeó el abuelo Ramón cuando vio aparecer a su nieto en la cocina — ven siéntate conmigo y te convido con unos mates.
—Yo no tomo mate abuelo pero te acompaño con un plato de cereales.
—Que bueno que madrugaste ¿quieres que vayamos a pescar?
—No gracias, dentro de un rato me pasa a buscar Lúa para ir a surfar.
—No sabía que te gustaba el surf.
—En realidad no sé surfear pero no creo que sea difícil. Capaz que mañana podemos ir a pescar, si querés, porque hoy de tarde vamos a participar de una jornada de limpieza de playas.
—¡Ah! Entonces te veo ahí. Yo también voy a dar una mano.
—Yo voy porque los chicos van, pero no entiendo porque hacemos algo que le corresponde a la intendencia.
—Mira Pipe, aquí cuidamos del medio ambiente y entendemos que es responsabilidad de todos. Además de que es muy divertido encontrarnos para hacer algo juntos. ¿Sabías que ahora tenemos más responsabilidad que nunca en dar un buen ejemplo al mundo? porque somos, sí, somos, todos, un santuario de ballenas y delfines.
—Me contaron los chicos y por lo que veo se lo toman todos muy en serio.
—¡Y cómo no vamos tomarlo con seriedad! Es un gran logro, un honor y un privilegio para todos los uruguayos. Y sobre todo es una gran responsabilidad.
—¡Pipe! —interrumpió una voz de niña casi mujer, que llamaba desde afuera.
—¡Es Lúa! Me voy abuelo.
—¡Pará Romeo! ¡Qué entusiasmo! —rio Ramón poniendo cara de cómplice.
—¡Ta! Abuelo. ¡Tipo, nada que ver! —protestó Pipe poniéndose todo colorado y salió corriendo al encuentro con su amiga —¡Chau abuelo, nos vemos más tarde!
—¡Que te diviertas mucho querido!
            En el portón lo esperaban Lúa y otra chica, cada una con su tabla y equipo de neopreno imprescindible para mantener el calor en el cuerpo cuando el agua está muy fría como en esta época del año. Al pasar junto a la mesa Pipe ve su iphone que había dejado cargando el sábado.
¡Uh! Me había olvidado por completo —pensó y se detuvo instintivamente para fijarse si tenía algún mensaje y revisar su facebook.
—¡Pipe! —volvió a llamar Lúa sonriéndole y haciéndole señas con la mano.
—¡Voy! —le contestó. Desenchufó el cargador y salió a su encuentro.
            El abuelo Ramón atestiguó toda la escena desde su lugar en la mesa de la cocina, sonrió satisfecho y pensó: Era previsible saber cual red tiraría más fuerte.
—¡Dale Pipe! Que ahora están entrando las mejores olas. Más tarde, como a las nueve cambia el viento y se achata. Ella es Maia, mi mejor amiga.
—Ya estoy. Hola Maia.
—Hola Pipe — contestó Maia con timidez. — ¡Es re lindo! —le comentó a Lúa cuando Pipe se alejó a buscar la bici.
—¡Sí viste! Pero ¡ta! Cállate.

             Ián ya estaba en el agua cuando llegaron, y le había dejado en la arena una tabla y un traje para Pipe. Las chicas se fueron inmediatamente al agua y Pipe se demoró poniéndose el traje.
—¡Ven Pipe que las olas están de más hoy!
—¡Sí están buenísimas. Adelántense que yo enseguida las sigo!
¿No debería de decirles que yo no sé surfear? No, mejor no, se van a reír de mí y me da vergüenza. Ya pasé por burro por no saber nada sobre el santuario. Yo sé nadar y se andar en skate, no puede ser muy complicado surfear.
            En toda la mañana Pipe no pudo pasar más allá de la espuma. En vano intentó varias veces pararse en la tabla, de manera que se resignó a barrenar espuma de panza. La corriente lo arrastró como a dos cuadras, lejos de donde estaban sus amigos. Cuando los vio salir del agua, él también salió.
—¡Qué buenas olas! —exclamó Pipe confiado en que nadie lo había visto.
—¡Buenísimas! ¿Has tomado alguna linda? —le preguntó Ián, que lo había estado vigilando todo el tiempo sin que Pipe se diera cuenta.
—¡Sí, mal! Unas cuantas saladas.
—La próxima entrada que hagamos tienes que probar tomarlas en el pico y parado —le contestó  Ián dejando escapar una sonrisa socarrona —¡salada estaba la espuma!
Ufa, me está descansando mal y tiene razón ¡ojalá que las chicas no estén escuchando!
—¡Ya déjalo Ián! —intervino su hermana —él no tiene por qué saber surfar. Seguramente Pipe sabe un montón de cosas que nosotros no sabemos y nos puede enseñar. Bien podrías ofrecerte a enseñarle en lugar de burlarte —continuó rezongándolo Lúa muy enojada.
—Bueno, bueno… Parece ser que Lúa encontró su sol…
—¡Tonto! —le contestó enojadísima —Ven Pipe, no le hagas caso.
—Ya Lúa, no te enojes. Yo solo bromeaba. ¡Claro que le vamos a enseñar! 
La cara de Pipe pasó por todos los matices del rojo. Desde el colorado de vergüenza hasta casi morado de furia. Lamentó mucho haberles mentido o no haber tenido el valor de simplemente decir “no sé”. Por otro lado se sintió muy reconfortado con la reacción de Lúa.
—Yo… Sí. Es verdad que no se surfear. Pero me gustaría aprender —fue lo único que atinó a decir.
            Ián le extendió el puño cerrado a modo de saludo amistoso, invitando a que Pipe hiciera lo mismo. Él entendió y chocaron sus nudillos. Luego Ián siguió con un contacto de palmas y un elaborado ritual de saludo que Pipe aceptó como una disculpa y se sintió bien por ser aceptado. También entendió que no tiene por qué dejar de ser él mismo para que sus nuevos amigos lo acepten.
—¡Chicos! ¡Miren! ¡Miren allá! —irrumpió Maia señalando hacia la orilla.
—¡Pinguinos! —exclamaron todos.
            Las simpáticas aves marinas suelen hacer incursiones a las costas atlánticas uruguayas durante el invierno. Decenas de pingüinos nadaban a los saltos ayudados por sus alas y se dejaban llevar por la ola hasta la orilla para después volver corriendo con su paso gracioso de vuelta al agua.
—¡¿Cómo que pingüinos?! —exclamó Pipe sorprendido —¡Ayer ballenas, hoy pingüinos! Me cuesta creerlo ¿En dónde estamos? ¡¿En un documental de NatGeo?!
—Todos los años nos visitan, son muy simpáticos cuando entran en confianza. Una vez Pol, un amigo de mi abuelo, tuvo de mascota uno que se le aquerenció en su casa frente al faro —le contó Maia.
—¡Dale! ¡Vamos a atrapar uno!
—¡No Pipe! ¡No entendiste nada! —saltó Lúa
—¡Somos un Santuario!— exclamaron todos al unísono y estallaron en carcajadas después.
—No tenemos que molestarlos, no tenemos que intervenir, tenemos que respetar su espacio. Y en realidad no es que tengamos que hacerlo, sino que queremos hacerlo —insistió Maia—cuidamos a las ballenas, a los delfines, a los lobos, a los pingüinos, a las tortugas y a todos los seres vivos.
—No te creo que también hay tortugas y delfines —dijo Pipe sorprendido.
—Sí, claro que sí —siguió diciendo Maia —y también lobos, focas y leones marinos. Ven conmigo que te voy a contar sobre todos los seres que hay en el mar.
—¿No querías que te enseñáramos a surfar Pipe? —intervino Lúa, atenta a la picardía de Maia— y tu vete a ver si hay algún lobo detrás de las dunas Maita —agregó con una sonrisa. Tomó a Pipe de la mano y sin esperar respuesta se lo llevó.
            A todo esto, Pipe estaba encantado con las atenciones que le brindaban las dos bellezas pero Ián frunció el seño. El estaba enamorado de Maia aunque nunca se había animado a decirle nada.
—Sí, vamos —dijo Ián, tomando a Pipe por los hombros como si fueran los mejores amigos del mundo, y se lo llevó a buscar su tabla. Maia sonrió y fue en busca de la suya para entrar de nuevo con todos. Ella percibió la molestia de Ián y disfrutó mucho toda la escena.
            Durante las siguientes horas Pipe aprendió a remar, a hacer el patito para pasar por debajo de las olas y a encontrar el mejor lugar para entrar. Y aunque no pudo tomar ninguna ola parado, se divirtió mucho. Cerca del medio día salieron todos del agua morados de frío porque aunque el veranillo les regalaba calor del sol, el agua estaba helada. Pero eso no los iba a detener, al fin y al cabo eran adolecentes y pareciera ser que a esa edad no se les activa el termostato corporal cuando están divertidos.
            Desde el rancho del abuelo Ramón se escuchó una campana. Todos sabían lo que eso significaba ya que era una antigua tradición del lugar. Les esperaba uno de los famosos guisos de Ramón, ideal para reponer calorías después de unas horas de deporte en el agua.
—Bienvenidos chicos —los saludó afectuosamente —el guiso está listo en diez minutos. Séquense bien, tomen un plato y sírvanse de la olla que está sobre la cocina.
            El almuerzo transcurrió entre divertidas descripciones de las olas que corrieron y alguna broma sobre las espectaculares caídas de Pipe. Él rió con todos, sabiendo que debía haber sido muy divertido ver como se daba un porrazo atrás del otro. El abuelo rió con todos como si fuera un adolescente más, hasta que en la sobremesa prendió su pipa y se dirigió a ellos reflexionando en voz alta.
—¿Se han fijado como el mar les ha estado enseñando a convertirse en seres humanos conscientes? — y miró profundamente a los ojos de cada uno de los chicos.
            Ellos lo escucharon con atención. Era frecuente que él les hablara de esta forma, con respeto, como si fueran adultos, sin menospreciarlos por su edad. Y ellos entendían el valor de sus sabios conceptos que en esencia no eran más que una puesta en palabras de lo que todos sentían en sus corazones.
—El agua, el mar, tiene memoria y en ella se almacena la sabiduría de Gaia, nuestro planeta. El agua está en todo y en todos. Somos agua en un setenta por ciento de nuestro cuerpo, igual que Gaia lo es. Nos gestamos en el agua del útero de nuestras madres y devolvemos nuestra agua al final del camino, para que siga fluyendo, infinitamente.
—¿Y cómo es que el agua nos transmite esa sabiduría? —preguntó Lúa.
—A través del juego, mi amor —dijo el abuelo — Ustedes juegan con las olas, sin competir uno contra otro, sólo juegan por el goce de superarse a uno mismo. Así les enseña el mar y las olas a vivir la vida.
            Los chicos escuchaban con atención aunque no entendieran todo lo que el abuelo decía. En las historias que contaba siempre había algo que les resonaba dentro de sus cabezas libres de polución. Era como si les activara recuerdos de verdades que ya conocían.
¿De qué habla el abuelo? Yo no le entiendo nada. ¿En qué andarán mis compañeros de clase? Hace días que no chequeo mi Facebook. —Pensó Pipe, aburrido de la charla de sobremesa se escabulló en busca de su iphone. Estaba entrando a Facebook cuando lo sorprendió Maia.
—¿Qué haces Pipe?
—Nada. Entrando al Face. ¿Tenés? Nos podemos hacer amigos.
—Me encantaría que fuéramos amigos… y mucho más —Le contestó Lúa y le regaló su más encantadora sonrisa combinada con una caída de ojos fingiendo timidez.
—¿Y cómo es tu nombre en el Face?
—¿Eh? Ah, no, ni me acuerdo, la verdad que lo abrí una vez y nunca más entré. No he tenido tiempo.
—¿Y entonces cómo te mantenés en contacto con tu amigos? — preguntó Pipe sorprendido.
—Y, voy a la casa, supongo… o también nos encontramos en la plaza.
—¡Pa! Que viaje. Nosotros no existimos si no nos conectamos por el Face. Además no me enteraría de nada de lo que pasa con cada uno.
—¿Tienes muchas amigos?
—Sí, como cuatrocientos treinta y dos — dijo orgulloso.
—¡Pah! Qué cantidad. Yo apenas si tengo diez amigos ¿Cómo hacen para juntarse tantos? —preguntó con inocencia.
—No, nunca nos juntamos. Solo chateamos. Conozco sus caras por las fotos que publican.
—¡Deja quieto! Me estas embromando —exclamó Maia incrédula.
—No te estoy descansando, en serio, a unos pocos los veo en el cole pero no me dan mucha pelota porque yo no juego al rugby. Y ahora menos que menos porque no fui al viaje a la nieve con toda la clase… Todos van a estar publicando las fotos y yo no voy a ser parte de la movida. Nadie me va a etiquetar… —terminó diciendo con tristeza Pipe.
—Ven Pipe, deja eso y vamos a la playa a participar de la jornada de limpieza con todos los chiquilines —le dijo al darse cuenta que el asunto era de seriedad para su amigo. Y agregó como broma — y si quieres yo te pongo una etiqueta que diga que somos amigos de verdad.
            Pipe rió y dejó su preciado nexo con el mundo virtual de lado. Por alguna razón, a medida que hablaba se iba dando cuenta de lo absurdo de su conducta,  algo que nunca antes se había cuestionado, porque todos lo hacían y así él se sentía que pertenecía a esa comunidad. Pero aquí ocurrió algo diferente, algo nuevo. Fue aceptado por un grupo de chicos y chicas reales sólo por ser quien es. Nadie se fijó en lo que tenía o dejaba de tener, ni en lo que vestía, ni siquiera en lo que sabía o no sabía hacer. De pronto todo lo anterior le pareció ridículamente estúpido.
—¡Dale vamos! —la tomó de la mano y se fueron corriendo a alcanzar a los otros amigos.

            El equipo de la OCC organizó en pequeños grupos a los setenta y pico voluntarios de todas las edades que habían respondido a la convocatoria. Pipe, Lúa, Maia y Ián se presentaron como un equipo. Los unía intereses entreverados y todos ellos lo tenían presente, menos Pipe por supuesto ya que fuera de las relaciones virtuales en las redes, su experiencia social era casi nula.
            La zona que les asignaron se encontraba bastante apartada de las playas más cercanas a las áreas urbanizadas. La consigna era recoger la basura inorgánica como plásticos, nylon, vidrio y metales que se encontraran en la playa. Luego se realizaría una clasificación, un análisis sobre el posible origen del material, el peligro que representaba para los humanos y para la fauna del lugar, las posibilidades de reciclaje y las acciones correctivas que se podrían desarrollar en el futuro para corregir aquello que provocó dicha contaminación.
            Lúa acaparó la atención de Pipe enseguida, ganándole de mano a Maia que tenía a Ián revoloteándola como perro guardián. A Maia le gustaba recibir sus atenciones, segura de que su enamorado estaba bien enganchado, no tenía ningún apuro por dejarle saber que ella también gustaba de él y mientras tanto exploraba sus dones naturales de seducción.
            Rastrillaron dos cuadras de playa, conversando animadamente entre los cuatro sin encontrar mucha basura. Apenas un cajón de plástico de esos que usan los barcos pesqueros para poner el pescado, dos frascos plásticos de bronceador y una botella de virio rota con los filos redondeados, pulidos por la erosión de la arena y el agua.
—¡Miren! Allá —exclamó Ián señalando un punto en la arena como a cincuenta metros más adelante  —hay algo en la arena —¡Vamos! —y todos corrieron detrás el él.
—¡Es un bebé de delfín! ¡Pobrecito! —exclamó Lúa.
—No. Es una franciscana y bastante adulta. Cuidado que tiene dientes y son bien filosos —les advirtió Ián.
—¡Vamos hay que ayudarla! —intervino Maia muy angustiada.
—Está muerta Maita, no hay nada que nosotros podamos hacer —la consoló Ián pasándole el brazo por sobre el hombro.
            Lúa lloraba en silencio, arrodillada al lado del delfín, y mientras le acariciaba la cabeza notó que sus ojitos se movieron en su dirección. —todavía está viva y consiente pero esa herida en la panza es horrible, no va a vivir por mucho rato más.
            Ián la examinó y con la seguridad de un erudito dijo —¡Orcas! Es una mordida de orca. —No hay nada que podamos hacer para ayudarla —dijo con los ojos humedecidos de tristeza.
—Sí que podemos. Podemos acompañarla para que no muera sola —dijo Maia con la voz entrecortada.
            Los cuatro amigos se sentaron en círculo alrededor del cetáceo y lo acariciaron, transmitiéndole su amor por él. Lúa improvisó una hermosa oración encomendando su alma al creador. Maía se puso a cantar una canción de cuna en guaraní, que le cantaba su mamá cuando era chica y cuando estaba enferma.
            Pipe intentaba disimular las lágrimas que le caía por la mejilla y mantuvo silencio, profundamente conmovido, pensó: Morir rodeado de caricias, rezos y cantos es por lejos mucho más de lo que cualquiera pudiera soñar en pedir. Buen viaje al cielo de los delfines.
            Cuando sus ojos se opacaron, los chicos supieron que ya todo había terminado. No sabiendo que más hacer lo alzaron envuelto en el pareo de Lúa y lo cargaron de vuelta al punto de reunión. Al llegar, fueron rápidamente rodeados por los que ya estaban de vuelta de la rastrillada.
            Un biólogo de la OCC se acercó también y confirmó el diagnóstico de Ián —Sí, claramente es una mordida de orca.
—¿En serio una orca? —Preguntó Pipe alarmado —¿no son esas a las que llaman ballenas asesinas?
—Así le dicen, pero son cetáceos y son de la familia de los delfines.
—¡Son asesinas! —exclamó Pipe enojado.
—Nada de eso. Son cazadoras y cazan para alimentarse. Hacen lo que tienen que hacer para sobrevivir al igual que lo hacemos todas las especies. Y no se angustien chicos. Sepan que la aparición de animales muertos en la playa nos da la certeza de que hay muchos más vivitos y coleando. Preocúpense si algún día dejaran de aparecer, porque eso querría decir que no queda nada vivo en el mar. Vamos, le voy a tomar unas fotos para mi archivo de investigación y después me ayudan a enterrarlo.
            La jornada de limpieza terminó con un camión lleno de basura clasificada en diferentes contenedores. Las cuadrillas de voluntarios se sintieron satisfechos con la tarea realizada y muy sorprendidos con la cantidad de basura que ahora toda junta impresionaba mucho.
—¡¿De dónde salieron tantas bolsas de nylon?! —preguntó muy sorprendido Pipe.
—¿De dónde crees? —le contestó Charlie mostrándole el logo impreso en una bolsa que tomó al azar.
—¡Que desastre! Esa bolsa la puedo haber tirado yo mismo a la basura.
—¿Qué se les ocurre que podemos hacer al respecto? —les preguntó uno de los organizadores que escuchó con interés la inquietud de los jóvenes voluntarios.
—Para empezar, no deberíamos tirar bolsas de nylon a la basura —intervino una niña que no pasaba los siete años.
—Se me ocurre que podríamos evitar usarlas cuando vamos al almacén o al super —agregó Pipe.
—Esa es una buena. Podríamos llevar siempre una chismosa o un carrito y pedir que no nos embolsen más las compras que hagamos —dijo Lúa — tenemos que contarles esto a nuestros padres.
—¡Sí, y a todos los demás! ¿Qué tal si hacemos unos carteles y los pegamos por todos lados? —intervino Flopi —los podemos pintar de colores y hacerles un marco con ramas. Y yo sé hacer papel reciclado que queda re bueno.
—Yo puedo hacer una página en Facebook para promover la idea, si les parece bien —propuso Pipe con timidez, dudando de que sus habilidades fueran apreciadas en este ambiente.
—¡Pah! ¡Estaría de más! —saltó enseguida Lúa, dándole todo su apoyo —¿y tú sabes hacer eso?
—¡Res non verba! —escucharon a alguien decir en voz alta, serena y firme. Todos giraron en dirección del origen de tan extrañas palabras.
—Res non verba —repitió el abuelo Ramón con una sonrisa divertida — que no quiere decir que las vacas no hablan —aclaró provocando la risa de todos —en latín quiere decir: hechos y no palabras.
—¡Sí claro! Ya mismo voy a sacar unas fotos para ponerme a trabajar en el diseño —dijo Pipe, sintonizándose en seguida con el abuelo.
            Las ideas y propuestas se multiplicaron rápidamente con mucho entusiasmo. Los chicos se organizaron en grupos de forma espontánea guiados por las distintas habilidades  y afinidades.

            Los siguientes días fueron de intensa actividad creativa. Se diseñaron coloridos carteles, pasacalles, cuadros y panfletos promoviendo la gestión sustentable de residuos y uso inteligente de los recursos naturales. La publicación en internet tuvo amplia aceptación y en un par de días se convirtió en viral.
            La Paloma y sus balnearios vecinos fueron rápidamente decorados con las obras de arte educativas diseñadas por la banda. Inclusive organizaron un toque musical para lanzar la campaña, en el pequeño anfiteatro montado frente al esqueleto de ballena que se expone frente al centro cultural. Fue todo un éxito y hasta Pipe y el abuelo participaron tocando los tambores.
            Toda esta movida cambió la precepción del mundo para Pipe. Descubrió que estaba bueno relacionarse con el mundo real y las personas de carne y hueso. Por primera vez en su vida se sintió parte del mundo y responsable por el cuidado del planeta. Y sobre todo se sintió apreciado, aceptado y amado.

—¿Vamos a pescar abuelo?
            El mar estaba chato como un espejo esa mañana. El sol todavía no se dejaba ver. Los reeles estaban echados. Nieto y abuelo compartieron instantes infinitos de calidad.
—¿Alguna vez te he contado la historia del hombre que despertó en un mundo de ciegos?
—No abuelo. Contámela por favor.
—Resulta que el personaje de esta historia vivía en un mundo de ciegos y un día él comenzó a ver. ¿Te imaginas como sería eso?
—¡Estaría de más!
—Vas a ver que no tanto. Hasta donde sabía, él era el único que veía con los ojos y para ello le había bastado con levantar los párpados. Todos nacían con la capacidad de ver con los parpados abiertos pero al poco tiempo se olvidaban. Si por casualidad alguien los llegaba a abrir, se asustaba mucho por el primer golpe de luz y enseguida los volvía a cerrar rápidamente.
—Pero eso no tiene sentido abuelo. ¿Por qué alguien elegiría la ceguera?
—Les resultaba más seguro manejarse en la obscuridad porque aquella era la realidad en la cual habían aprendido a manejarse.
—¿Y a él?
—El también tuvo los parpados cerrados, pero los abrió porque su curiosidad pudo más que el miedo que le produjo la primara vez. Al principio no estaba seguro de que le gustara más poder ver. Era confuso. Ciego se sentía más tranquilo, más contenido en un mundo con límites claros en donde todo funcionaba y eran pocas las sorpresas. Ahora veía tantas posibilidades que se mareaba, se asustaba y al mismo tiempo le encantaba.
—¡Claro! Estaba de fiesta siendo el único que podía ver. ¿Te imaginas todo lo que podrías hacer?
—La verdad era que se sentía solo, extrañaba el poder compartir las pequeñas cosas del mudo de los invidentes, extrañaba la conexión con sus seres amados, extrañaba la certeza de lo conocido. Ya no podía compartir como lo hacía antes. Los demás no lo entendían y a él cada vez le interesaba menos la rutina y la visión reducida de la realidad que perdió por haber abierto los parpados. En realidad lo que más quería era invitar a todos a abrir los ojos, para que vieran y pudieran así volver a compartir el mundo.
—¿Y por qué no lo hacía entonces? —preguntó Pipe.
—El problema era que nadie entendía de lo que hablaba. No tenían interés en ver y encontraban que su conducta era antisocial, cercana a la locura. Inclusive le hicieron dudar de su sanidad mental. Con mucha tristeza entendió que no tenía otra opción que alejarse o callar. Pero era difícil hacer esto cuando veía tantas cosas que estaban mal, tantos sufriendo sin necesidad, todos tropezando con obstáculos que el podía ver, la humanidad descuidando la tierra sobre la que caminan, no por maldad sino por incapacidad de ver. Él se decía: “No ver es como ignorar. Lo más que yo puedo hacer es hablar de lo que veo sin decirles que lo veo. Y así, en algún momento tengo la esperanza que alguien llegue a ver. Primero con la razón y después con el corazón”
—¡Ph! Claro, tipo como que quedaba más solo que el uno…
—Pero la riqueza de ver era indiscutible. Su mundo estaba lleno de nuevas formas de belleza y era capaz de ver donde hay verdad y donde hay engaño. Sabía que de ninguna manera renunciaría al sentido de la visión —“pero como extraño a mi gente…” —se lamentaba — “Cuando comparto mi experiencia nadie me entiende. A muchos le gusta escuchar como quien escucha un cuento, un relato increíble, pero nadie entiende que es cierto y parte de mi experiencia real. Los más generosos dicen que tengo una maravillosa imaginación, a otros les molesta que hable de esas cosas, algunos pocos tienen la sospecha de que estoy hablando en serio porque en algún lugar de su memoria ancestral saben que tienen ojos y que no los están abriendo. Incluso yo sé que muchos lo han intentado de veras. La mayoría abandonó el intento, otros se asustaron con el primer destello de luz y estoy convencido de que hay quienes lo lograron. ¿Dónde están?”
—Durante muchos años fue y vino entre un mundo y otro. Sí, cerraba los ojos durante un tiempo y después los abría un rato. Incluso hubo períodos más o menos largos en que llegó a olvidar que podía abrir los ojos y ver.  Es entendible, dado que la comodidad, la contención que da el sistema invidente y la necesidad de ser aceptado por el grupo son motivos muy fuertes para mantener los ojos cerrados.
            La historia quedó ahí, como inconclusa. Los dos guardaron silencio. Pipe quedó imaginando detalles de cómo sería tener los ojos abierto en un mundo en donde todos los tienen cerrados por ignorar que los pueden abrir.
—¡Tengo un pique abuelo!
—Sí hijo, tienes un pique y vas a tener muchos más. De ti y sólo de ti ahora depende que recojas la tanza como se recoge un recuerdo ancestral y recuperes el tesoro que te espera al final.

            Como ocurre siempre que nos dedicamos con entusiasmo a actividades creativas, uno se divierte mucho y el tiempo vuela. La campaña de difusión, el surf, el futbol en la playa, las noches de fogones y música, se devoraron con rapidez las dos semanas de vacaciones de invierno.
El domingo, en la terminal, antes de subir al coche que lo llevaría de vuelta a casa, Pipe le mostró orgulloso la pantalla de su teléfono inteligente a Lúa. La página que llamaron “Yo Cuido mi Santuario Marino”, ya tenía 1.500 amigos y 10.000 “me gusta”. Lúa sonrió, lo abrazó y le dio un beso. Pipe quedó petrificado tocándose los labios con la mano.
Antes de que el bus alcanzara la ruta, el perfil de Pipe decía “Enamorado”. Al día siguiente había un “me gusta” firmado por Lúa.

Rafael Morelli (Set 2013)